lunes, 29 de abril de 2013

Gonzalo Viñao








1. Cómo o por quién fue tu primer acercamiento con la lectura y con la poesía? ¿Quiénes fueron los primeros autores que leíste? ¿Tus influencias?

 Mis primeras lecturas vienen de la biblioteca de mi vieja, en la que había algunos clásicos de su época escolar y mucho best-seller de su edad madura. Ella misma declaraba haber renunciado a las “lecturas complicadas” en determinado momento de su vida, así que ahí se podía encontrar desde Dostoievski, Leon Bloy y Sor Juana (mamá fue a una escuela de monjas) hasta Sidney Sheldon, Stephen King y Wayne Dyer. De esa biblioteca, en la que leí mucho sin entender nada, lo único que me quedó fue un gusto muy ecléctico y variado; le debo mi capacidad para leer absolutamente cualquier cosa. Mi viejo, con un poco más de criterio, nos leía (a mí y a mi hermano) a Conan Doyle y a Mark Twain.

Cuando finalmente me enteré de que podía ir a una librería y elegir mis propios libros tenía nueve años. Desde ese momento y durante un largo período, mi autor favorito fue Emilio Salgari.

Ninguno de estos escritores tiene nada que ver con lo que hago. No podría precisar cuáles son los autores que más influyen en mi escritura; me parece que corresponde más al lector encontrar esas influencias (si las hubiera) que al autor señalarlas, lo que podría resultar perjudicial y condicionante. 

2. ¿Cómo surge la necesidad de escribir? ¿Cuándo comenzás a compartirlo con el lector desconocido?

Desde que empecé a leer, desde que descubrí los libros y entendí un poco cómo funcionaba ese asunto, me puse a escribir. En ese momento de la infancia para mí no había ninguna diferencia entre ser lector y ser escritor, era todo parte de lo mismo. Pensándolo ahora, me doy cuenta de que esto era así porque no tenía muy en claro qué era ser escritor, o peor: para mi ser escritor era ser Emilio Salgari y escribir “El corsario negro”. Tal vez, incluso, para mi ser escritor era ser el corsario negro.

Entonces escribía cualquier cosa y lo metía en un cajón, hasta que un amigo del colegio, muchos años más tarde, me recomendó guardar esos textos con más cuidado, ordenándolos en una carpeta, lo que me permitiría ir comparando la producción a lo largo del tiempo. Creo que fue él, con ese consejo, el que me convirtió en escritor.  

Con el “lector desconocido” nunca tuve buenas relaciones, será precisamente porque no lo conozco. Empecé a compartir algunas cosas con él a partir de los concursos literarios, en los que participé desde muy temprano, alrededor de los quince años.

3. ¿Cómo es el proceso de tu escritura? Desde que aparece y se atrapa la idea o la imagen inicial del poema ¿Algún momento en particular del día, estado de ánimo? ¿Música o silencio? ¿Qué sensaciones, qué temas te impulsan a escribir?

Soy muy poco disciplinado para trabajar. Me gusta cuando las ideas “vienen” como una inspiración mágica y nos poseen como los demonios de la biblia, pero esto no sucede prácticamente nunca, y la mayoría de las veces, cuando sí sucede, estamos en la ducha o viajando en colectivo, y no podemos hacer nada. Por eso insisto siempre con esa frase tan conocida y repetida de Picasso, “la inspiración nos tiene que encontrar trabajando”. Mi capacidad de trabajo, lamentablemente, se encuentra demasiado conectada con mis ciclos anímicos, y mis ciclos anímicos funcionan más bien al random; quiero decir que no importa mucho lo que pase alrededor, soy de los que van rebotando de la euforia a la depresión (ida y vuelta, por suerte) sin causa aparente.

 Así que no tengo un proceso de escritura estable o que pueda repetir a voluntad. Soy capaz tanto de escribir ocho o nueve horas de corrido durante varios días, como de pasarme ocho meses sin tocar el teclado. Cuando finalmente me pongo a trabajar, lo que puede suceder a cualquier hora del día o de la noche, prefiero el silencio de mi casa, y si me engancho con alguna música (lo que a veces es muy traicionero porque la música nos conecta con emociones ajenas, justo en el momento en que uno se propone elaborar las propias) generalmente son unos pocos temas repetidos una y otra vez hasta el infinito y el hartazgo.

Una de las cosas en las que no había pensado cuando era chico y me entusiasmé con la idea de ser escritor, es la soledad. La tarea del escritor es una tarea muy solitaria, y cuando esta especie de profesión va ocupando posiciones, la soledad se impone como una condición fundamental para trabajar y como una consecuencia inevitable en todos los ámbitos de la vida.
Muchas cosas me despiertan las ganas de escribir, pero ninguna como el asombro (no siempre positivo) que me producen permanentemente las personas a mi alrededor.

4. ¿Y el proceso de corrección?

 Soy un corrector obsesivo. Escribo y corrijo en simultáneo (quizás lo esté haciendo ahora mismo) y una vez terminado el texto lo releo incansablemente, a veces durante muchas horas seguidas, y vuelvo a retomarlo semanas o meses más tarde y lo sigo corrigiendo.

La tarea de corregir me despierta sensaciones contradictorias: la ausencia total de corrección no es otra cosa que vanidad, y el exceso es inseguridad. Por un lado creo que es insoslayable, el escritor que se toma en serio lo que hace no puede evitar la corrección; al mismo tiempo, creo que no hay corrección que valga si el trabajo no es bueno desde antes de empezar a corregirlo, y esto muchas veces es lo más difícil de admitir.

La corrección es como la cinta de moebius de nuestro trabajo, podríamos perdernos eternamente por ese camino sin llegar a ningún lado. Pero es un camino que, invariablemente, hay que recorrer.   

5. La voz del poeta. Leí a un poeta comentar “cuando siento que es mi voz la que sale, prefiero borrarla. Busco una voz extraña, que no sea la mía” ¿Cómo se comporta tu voz, sube a la superficie, se sumerge?

Scott Fitzgerald decía que con la escritura sucede lo mismo que con la voz de las personas: el “propietario” de la voz es el único que no puede escucharla como verdaderamente es, en los oídos propios (resonando dentro de nuestra cabeza) nunca suena como en el oído de los demás. Creo que, así como somos incapaces de reconocer nuestra propia voz en una grabación, tampoco podemos reconocernos en nuestra escritura, en nuestros propios textos. Estamos demasiado apegados a ellos como para poder verlos “tal como son” y distinguir nuestra voz con claridad. Entonces, en el mejor de los casos, lo que se puede hacer es aspirar a una exploración permanente, a una búsqueda que –de antemano– uno sabe que no va a dar nunca un resultado concreto.

Por supuesto, si se decide comenzar una exploración o una búsqueda hace falta saber por dónde empezar (lo que no garantiza alcanzar ninguna meta o destino). Desde hace algún tiempo mi búsqueda se orienta hacia una escritura que tenga que ver conmigo, con mi realidad inmediata y concreta, como vehículo de encuentro con el otro, no con “El Lector” sino con la gente que me rodea. Baudelaire hablaba de “correspondencias” entre los elementos que convoca el poema, a mi me gusta pensar en “cordialidades” entre las personas que convoca la escritura. Y para conseguir esto hay que hacer lo contrario de lo que propone este poeta que mencionás, en mi búsqueda personal “borrar la propia voz” es casi un sacrilegio. Mi voz, a pesar de ser para mi mismo inalcanzable, es quizás la única cosa que me permite encontrarme con el otro, e incluso compartir con el otro un lugar en lo que escribo.

6. ¿Qué autores estás leyendo en este momento? ¿Qué autor u obra que se suponía debía gustarte, no lo hizo? ¿Cuál te sorprendió?

Siempre le tuve miedo a este tipo de preguntas. Creo que me sentiría más culpable traicionando a los escritores de mi biblioteca que a mis amigos o familiares.

¿Qué estoy leyendo? Tengo muy malos hábitos de lectura. Prefiero siempre los clásicos (lo que me deja bastante mal parado en el terreno de la literatura contemporánea), leo muchas cosas al mismo tiempo y desde hace algunos años también releo mucho. Los libros que tengo sobre la mesa en este momento son todas relecturas: El Diablo de Giovanni Papini, una antología de Quevedo, algunas novelas de Unamuno, los Testamentos de Francois Villon, las memorias de Casanova, Rosshalde de Hesse, en fin, la lista es larga.

¿Un autor que debía gustarme y no me gustó? A pesar de todo el placer que me despiertan los clásicos, siempre fui un pésimo lector del Quijote. Todavía hoy no puedo aceptar que un autor maltrate tanto a su personaje, y esto me trae muchos problemas con mi propia escritura. Entiendo lo que se propone Cervantes, pero ahí donde todo el mundo se ríe con el humor del manco, yo sólo puedo sentir lástima y conmiseración.

¿Un libro que me sorprendió? Ésta es la parte más difícil de responder. Todos los buenos libros son sorprendentes, y nunca de la misma manera. Tal vez sea inevitable mencionar el Diccionario Jázaro de Milorad Pavic, que vuelvo a releer prácticamente todos los años, y del que se podría afirmar lo siguiente: es la novela que Borges hubiera querido escribir, y para la cual no le hubiera alcanzado el talento.

7. La poesía, como toda manifestación artística, es un reflejo de su época y la realidad en la que vivimos interfiere en la creación. ¿De qué manera influye en tu escritura? Si no es así ¿Con qué espacio y tiempo se identifica?
 
No estoy tan seguro de que la poesía sea “reflejo de su época”, es decir: no creo que eso suceda naturalmente. Hay casos de grandes poetas, Juan Ramón Jiménez por ejemplo, que hicieron mucha militancia de su torremarfilismo y se apartaron voluntariamente del mundo que los rodeaba, aspirando a una poesía “pura” y autónoma. A mi me gustaría ubicarme en el lado opuesto del espectro poético.

Creo que la poesía misma puede funcionar como vínculo con la realidad, a condición de que le abramos los ojos a esa realidad, siempre distinta, que es nuestra vida cotidiana, y que aprendamos a mirarla desde nuestra intención poética, o literaria, o artística, o como quiera llamarse, pero con intención. Me parece que esa “interferencia” que se produce entre la vida y (en mi caso) la escritura debería estar en el núcleo de toda actividad creativa, porque finalmente es lo único que la vuelve de alguna manera necesaria.

Tal vez antes que hablar de interferencias entre escritura y realidad, sea mejor pensar en un contacto, en una comunicación entre lo público y lo privado, entre el “yo” y los “otros”, entre lo íntimo y su contexto. La literatura, y la poesía fundamentalmente, parece ser el último espacio en el que esa comunicación todavía es posible y esto, además, nos hace responsables (como escritores) de nuestro propio vínculo con todo lo que nos rodea.

 Me siento tentado de acusar a los escritores que “evitan” esa realidad cotidiana de escapismo romántico. Hay un cuento genial de Rodolfo Walsh que se llama “Nota al pie”, y que recapitulando la historia del género policial en la argentina nos hace un muy buen retrato de esta “voluntad de evasión” que de vez en cuando asola a la literatura.

8. En nuestra ciudad, el mar, la costa, el borde  ¿Creés que hay una identidad entre autores que comparten un espacio en común? ¿Cómo es tu historia y relación con Mar del Plata? ¿Cuál es tu lugar preferido de la ciudad?

Empiezo por el final: nací en una localidad perdida del conurbano bonaerense y después de muchas vueltas llegué a Mar del Plata, a los dieciocho años, prácticamente huyendo. Digo huyendo porque, frente a la calidad de vida que puede ofrecer Buenos Aires, no me parece que quede más respuesta racional que la huida. Acá vivo desde entonces.

Mar del Plata es una ciudad rara. Sin duda se trata de una ciudad privilegiada en algunos, quizás muy pocos, aspectos: densidad poblacional y paisaje (para quienes, como a mí, nos gusta el mar y la preservación de nuestro espacio individual). En todo lo demás sería imposible encontrar diferencias con Ramos Mejía, por poner un ejemplo, pero esas pocas ventajas son fundamentales. No puedo dejar de ver a las grandes aglomeraciones urbanas (en particular las del tercer mundo, tan abandonadas a su propia suerte) como un lugar al que la gente asiste masivamente por pura voluntad de sufrimiento.

Tampoco creo que esta ciudad pueda distinguirse tan fácilmente del paisaje del resto de la provincia de Buenos Aires, lo que vuelve muy compleja la conformación de una identidad propia. Esto de la relación entre el escritor y su ciudad, por lo demás, responde a un viejo tópico literario. Sí me parece que, andando el tiempo, varios intentos frustrados de sacarle provecho a Mar del Plata en los términos de aquel tópico dieron unos resultados fatales, y tal vez a eso se deba que ahora la ciudad se resista, que esté tan peleada con sus escritores. Heredamos una ciudad simbólicamente muy maltratada.

Lo que empieza a aparecer, muy de a poco, son escritores nuevos que le van dando otra forma. Yo mismo, muy de tarde en tarde, incluyo a la ciudad en algunas de las cosas que escribo. Ciudad cíclica, de tránsito, mansa e indiferente. Una ciudad, sobre todo, que ya no está sola y separada como se pretendía antes. Pero creo que esas formas nuevas de ver la ciudad van a tardar mucho en hacer efecto, si es que alguna vez lo consiguen, porque las generaciones que nos preceden hicieron un verdadero desastre.

A la inversa, que la ciudad sea la que otorgue su identidad a un grupo de escritores me parece todavía más complicado. La ciudad misma no tiene otra identidad que sus lobos de Fioravanti, los alfajores, el teatro de revista, los crucifijos de caracoles, todo muy artificial, de un mal gusto bonaerense violento, sin ninguna pretensión no ya de trascendencia, sino mínimamente de duración. Esta ciudad –que necesita con tanta urgencia una identidad nueva lo suficientemente poderosa como para opacar el viejo epíteto de “la feliz” – por ahora es incapaz de brindarle identidad a nadie.

¿Mi lugar preferido en la ciudad?  Me gusta mi casa y mi barrio, que es por alrededor de la plaza Mitre, y la playa.

9. ¿Cómo ves la poesía actual, a nivel local y nacional? ¿Algún autor para recomendar?

El panorama me parece muy positivo. Si pensamos que quince años atrás el ámbito de los escritores marplatenses se encontraba hostilmente ocupado por un batallón de poetas del “estilo elevado” y la “torre de marfil”, amas de casa atrincheradas en la SADE y demás cuarteles del mal gusto, grandes lectores de Bécquer y las metáforas del siglo XIX, cultores del soneto incapaces –además– de la más básica sensibilidad poética y comprometidos con una realidad social muy cuestionable (que, para resumir, podríamos denominar “realidad barrio Los Troncos”, y no quisiera empezar a comparar esto con otras realidades históricas adyacentes)… si recordamos aquellos tiempos y los comparamos con lo que pasa hoy, creo que el panorama es decididamente alentador.

No es que la guardia vieja haya capitulado o perdido posiciones (recordemos que esta ciudad, a falta de otras cosas, cuenta con una rima de Bécquer esculpida en piedra) sino que esas posiciones, todavía hoy llamativamente ocupadas por las viejas osamentas, han perdido todo su valor y sentido. Es que a fuerza de hacer las cosas mal, esta gente parece haber provocado el interés en muchos escritores por hacer las cosas bien, y en serio.

Los nuevos escritores con los que uno puede encontrarse hoy en esta ciudad hace tiempo dejaron de pensar que, por el sólo hecho de vivir en Mar del Plata, tenían derecho a adjudicarse no sé bien qué inciertas cualidades literarias, y se pusieron a trabajar. Y resulta que con mucho empeño y buen arte, plantándose en el terreno de igual a igual, empezaron a aparecer escritores notables, a los que hoy se lee en otras partes para enterarse qué está pasando con la literatura. Alcanza con dar algunos nombres: Sebastián Chilano está haciendo maravillas con la novela, desde su participación en Furca hasta Las reglas de Burroughs, todas y cada una merecedoras de la más atenta lectura, publicadas por Gárgola y Ediciones B; Martín Zariello, con una prosa venenosa y certera, a estas alturas un epígono entre los escritores de los medios virtuales, y con un caudal de visitas diarias en su blog il corvino capaz de redefinir el concepto “triunfar en la red”; Jorge Chiesa, recientemente ganador del Premio Banco Ciudad de Buenos Aires con su libro Un invierno ruso, un poemario imperdible. Tampoco podemos olvidarnos de Fabián Iriarte, poeta y académico, con libros excelentes en Melusina (Guaridas de huir el mundo, La intemperie sin fin) y Dársena3 (Con sutiles artimañas).

Y también están los otros (a quienes no voy a enumerar para no abundar y por no cometer la ofensa de que me falte alguno) que sin repercusión editorial “oficial”, pero con el mismo talento, trabajan hoy en una importante variedad de propuestas editoriales no locales sino independientes (porque cuentan con circuitos de difusión propios) y no alternativas sino nuevas (porque son válidas en sí mismas). Nos encontramos con un espacio distinto en el que son frecuentes los festivales, las publicaciones, las traducciones, el intercambio de ideas y sobre todo de buena literatura, a lo que hay que sumar el enorme caudal de circulación virtual en el que esos escritores están insertos. Todo este movimiento que sucede ahora mismo nos permite ver algo que quizás sorprenda un poco: un nuevo espectro de lectores, estos sí lectores marplatenses, entre los que se consume mucha literatura y que están ahí, esperando a que alguien se dé cuenta de que ya es un mercado interesante.

10. Hay acontecimientos que incentivan, otros que bloquean y hacen que luego notemos una evolución o un click en nuestra escritura ¿Cuáles fueron esos sucesos históricos personales o externos que intervinieron en su obra hasta ahora?

Entre los acontecimientos personales: mi huida de Buenos Aires, unida a ciertos dramas familiares. El nacimiento de mis hijos (no es lo mismo escribir con la certeza de que tarde o temprano los hijos recorrerán esas páginas). En mayor o menor medida, todas mis relaciones con las mujeres. En mayor o menor medida, todos mis vicios.

Entre los “históricos”: el paso por la universidad, algunas personas puntuales que se cruzaron en mi vida, unos pocos viajes, la esperanza perpetuamente defraudada de un mundo mejor, y cada uno de los libros en mi biblioteca.

11. Olga Orozco decía que el tono particular de su poesía se debía a su propia medida de respiración. El autor le imprime una musicalidad propia. Siempre al escribir está presente la cadencia de nuestra voz y cuando alguien oye leer al poeta, esa voz puede acompañarlo por el resto de las lecturas en el papel.  La respiración del texto puede llevar al lector a respirar con él. Hay personas que no pueden seguir el ritmo a una lectura, se quedan sin aire, a otros les queda resto, ¿Cómo quiere dejar al lector si sigue su respiración, con aire de sobra relajado mirando el mar, practicando algún arte marcial ancestral, filtrándolo de a poco para degustar mejor, sin aire por haber corrido un colectivo?

Planteando un caso hipotéticamente ideal… podríamos utilizar una metáfora deportiva. Cualquier ejercicio físico cuesta, agota, pero fortalece. A mayor dificultad, mayor beneficio. Esa es la sensación que en la lectura me gustaría transmitir, porque es la sensación que me gusta percibir como lector. Prefiero los escritores exigentes y demandantes, porque a largo plazo siempre son los más gratificantes. Por supuesto, todo depende de que el escritor sea capaz de demostrarnos que vale la pena hacer el esfuerzo.

Entonces me gustaría imponerle al lector una respiración desconocida, que lo obligue a reconsiderar todos los lugares comunes de su propio cuerpo.

Mientras tanto, tengo la lamentable convicción de que vivimos en un mundo en el que predomina la estupidez por consenso, lo que conspira contra cualquier tipo de esfuerzo.

12. Si bien todos podemos hablar de los mismos temas, cada autor crea una galaxia en la que florece una simbología personal, que aparece y se acentúa y se repite para generar un propio lenguaje y lugar común donde sentarse a observar y sentir con él. Si tuviera que visualizar su obra en un collage, ¿Qué elementos de su obra no faltarían? Puede nombrar paisajes, objetos, sensaciones, situaciones concretas, texturas, colores…

Una vez me dijeron, sorprendiéndome muchísimo, que en mis cuentos abundan las escenas que suceden en los baños. Nunca me hubiera dado cuenta sin que alguien me lo señalara. 

¿Qué cosas veo yo? bueno, no muchas. O sí, veo generalmente las cosas que faltan.

Veo, también, muchas veces repetido, un recorte raro de las situaciones que viene del asombro que me provocan las personas. Si aceptamos que vivimos en un mundo de verdades relativas, lo que aparece una y otra vez en lo que escribo es eso que veo todo el tiempo a mi alrededor: la colisión siempre asombrosa de esas medias verdades, de esas medias mentiras. Cuando el asombro de esta hecatombe permanente no me paraliza, intento contarlo.

13. Alrededor de la poesía y del escritor se construye cierta atmosfera mística, hay quienes se salvan, quienes se alimentan, quienes mueren, quienes hacen de ello algo cotidiano o algo extraordinario. Étiemble sostenía que el placer poético podía tener un origen fisiológico, de índole muscular y respiratorio (volviendo a la respiración) siendo una manera de unirnos al mundo, participando del ritmo universal. ¿Qué lugar tiene la escritura en tu vida? ¿Qué es lo que buscás/encontrás en ella? ¿Qué es para vos, desde tu cuerpo en relación al mundo?

Sé que tarde o temprano voy a arrepentirme de cualquier cosa que escriba en este apartado. Pero ya que llegamos hasta acá, no retrocedamos.

Descartemos de entrada cualquier referencia, por mínima y diferida que se presente, a una “atmósfera mística”. Tengo una opinión demasiado pesimista (¿realista?) de mi mismo como para aceptar nada de eso.

Creo que la escritura en mi vida, tanto tiempo después, cumple una función fisiológica. Como dormir, comer, orinar… hablar, leer o acostarme con una mujer. Junto con escribir, esa sería una buena enumeración de mis necesidades fisiológicas básicas, aunque no necesariamente en orden de relevancia.

14. ¿Madera, fuego, tierra, metal o agua?

Con un wisky en la mano y cara de Humphrey Bogart, diría: “todos o ninguno”.

15. Te pido un tema, disco, banda o lo que gustes para dejarnos con tus poemas al pie de la entrevista…

¡Qué difícil es elegir uno! Un amigo, Manuel Passaro, me convenció de volver a ver Manhattan, de Woody Allen, y me quedé casi dos meses escuchando sin parar la música de esa película. Un tema de ahí, el que estoy escuchando ahora mismo: “Caravan” de Bunny Berigan. http://www.youtube.com/watch?v=J-xpfOFwdh4








nuestra nube

“lentamente, nuestra enfermedad, nuestro mareo y horror se fusionan en una nube”
E. A. Poe


es el mejor y el peor de todos los días de mierda
que esta vida gregariamente resignada
al transporte público de pasajeros
te puede ofrecer,
como en esa escena de "El imperio del sol"
en la que un pibe de nueve años
se quiere rendir al ejército del Japón
y nadie le da bola,
con mucho sol, calor y olor de aglomeración suburbana,
con la abrumadora conciencia de que tirarse un pedo
también forma parte de los cálculos registrados
en las oficinas de la administración pública y la ciencia estadística

es una piedra negra y sólida, cortada en rigurosos
ángulos rectos con los dientes,
un golpe de aire turbio, seco, ceniciento, agobiante
te sentás y te quedás callado
(en vez de gritar, correr, echarte
un litro de kerosén y prenderte fuego)
porque no hay otra cosa, ni escaparse, ni caminar las paredes,
no importa y no tiene arreglo
es una tierra yerma, una tierra de nadie
el petróleo denso y venenoso que avanza
hasta sentirlo en las manos, en la garganta,
atrás de los ojos, en el espejo
en una mancha de dolor en la espalda

son algunas miradas en suspenso
como una conciencia ajena y anónima
de tiempo destilado, de habitación amplia
y cortinas deslizándose en el viento
con la lógica de las cosas ciertas
donde suenan inagotables los grandes éxitos de Palito Ortega
y se puede tomar un Criadores con hielo mientras cae la tarde









ella

“hace años que no tengo a nadie que me cuide el sueño”
Mario Levrero, La novela luminosa.



justo cuando decía
no lo despierten, déjenlo descansar
abría los ojos y me levantaba, nos dábamos la mano,
su mano cálida y chiquita, y vieja, en la mía
mientras alguien subía las persianas con ese ruido amortiguado
de maderas sordas que se deslizan,
y caminamos,
iba como doblada por el esfuerzo de todos sus descuidos
de todas sus penas
pero sonreía, y me mostraba contenta
los cambios de la casa,
las cortinas blancas, los pisos limpios, el jardín brillante y próspero
en todas las ventanas,
el aire fresco y vivo como no había corrido en mucho tiempo
por esas habitaciones olvidadas,
el silencio lleno de murmullos laboriosos
y las visitas cordiales a la luz de un sol imprevisto;
justo cuando nos sentamos
en la cocina
hablábamos
pero ya no estábamos solos,
se nos había invadido el sueño de certezas,
de recuerdos,
de pensamientos despiertos,
el ave nictálope de su noche vacía
la miraba a los ojos
quieta y muda
con un hábito de mirar muy viejo,
tanto se conocían,
cada momento de alegría
se convirtió en la lucidez punzante, y muda, y quieta
de los años perdidos, del mucho tiempo perdido,
las sonrisas, los gestos
las alarmas de un cuerpo muerto;
cuando empecé a llorar
lloré como no lloro
nunca cuando estoy despierto











solsticio




en verano se podrán contar los días 
por el principio, cuando crezcan 
o por el final, cuando se alejen 
y el ocaso llegará de pronto

se podrán contar, en verano, las lluvias 
y los turistas 
o los accidentes de tránsito 
cuando sucedan

el verano será siempre más corto 
de lo previsto 
y siempre faltará algo:
la persona indicada 
más atardeceres en la playa 
y fogones de flores con guitarras 
como los de antes

el verano quedará un poco 
en la superficie de todas las cosas 
mientras pasa la sombra de un tiburón 
entre las olas

en verano se podrán contar los años 
que pasamos sin vernos 
y los que estamos dispuestos 
a seguir esperando
 










un millón de años


me duché y me afeité
desayuné con mis hijos, leí y estudié (un rato)
a la mañana, almorcé temprano pizza de anoche
comí helado, me crucé con los restos de un choque
en el que murió
un desconocido


vi una película vieja bastante
aburrida, se hizo de noche mientras regaba
las plantas, pensé
qué mundo extraño es éste, donde tiene que estallar una guerra
para que un tipo como yo tenga su segunda oportunidad


tengo la luna y los grillos en el patio
y una mansedumbre blanda de todas las cosas
nos rodea, ahí están twitter y la televisión
para que el mundo transcurra al margen
de este silencio brutal que ocupa por la fuerza
el lugar de una guerra no declarada
lavé los platos y puse
sábanas limpias en la cama,
volví a escribirte una nota para mañana y la dejé
pegada con un imán en la heladera
donde no la vas a encontrar nunca
nuestro alimento son las cenizas
de una noche larga,
y esta noche es larga







Gonzalo Viñao 

Nacido en Buenos Aires en el fatídico 1976, vivió en Villa Gesell y finalmente se estableció en Mar del Plata. Empezó tres carreras universitarias que abandonó, andando el tiempo, cada vez más rápida y menos honorablemente. Publicó dos libros de cuentos y fue escritor. Desde entonces ganó algunos premios, como el Aenigma 2004 (Narrativa, Islas Canarias, España) y el Soriano 2009 (Cuento, Mar del Plata, Argentina). Algunos de sus relatos han sido publicados en el Suplemento Literario de la Agencia Telam, en el Suplemento de Cultura del diario La Capital de Mar del Plata, en las antologías de la Universidad de Tucumán, en la revista Cero de Barcelona. "Interferencias", su primera novela, espera ver la luz en el 2013 publicada por La Bola Editora.
Tiene 36 años, dos hijos, es soltero, cannabicultor fanático, objetor de conciencia, le pega con la zurda y pesa 80 kilos.

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